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Página actualizada el día 17 de febrero de 2006

Lingüística

 

Morfología – Introducción a la morfología

 

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MORFOLOGÍA

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DEL ESPAÑOL

TEORÍA DE LA 
COMUNICACIÓN

ORTOGRAFÍA
Y PUNTUACIÓN

 

 

Introducción a la morfología

 

 

Las unidades morfológicas  1

La palabra, un concepto espinoso. 1

Las unidades morfológicas inferiores a la palabra. 3

La palabra desde el punto de vista monemático: 4

Los tipos de monemas. 4

Morfemas, alomorfos y morfos. 6

Morfemas amalgama, morfema cero y morfemas discontinuos. 7

Los sistemas de formación de palabras. 7

La flexión. 8

La derivación. 9

Diferencias entre flexión y derivación. 10

La composición. 11

Otras maneras de crear palabras. 11

 

 

Las unidades morfológicas

La palabra, un concepto espinoso.

 

Todos los que hablamos, sabemos que hablamos por medio de palabras. Cualquiera de nosotros es  capaz de dividir lo que dice en palabras independientes, lo que quiere decir que sabemos contar cuántas palabras hay en una determinada oración sin dudarlo. Ahora bien, seguro que nos po­nen en un aprieto si nos piden una definición de pa­la­bra.

¿Por qué? Todos estaremos de acuerdo en que si, vienes, te y espero son palabras, porque somos capaces de dividir el enunciado si vienes, te espero en esas unidades básicas. Lo que pasa es que la cuestión  se vuelve más complicada con unidades como mesa redonda, veinticuatro, etc., de las que no podemos afirmar con la misma seguridad si son palabras o grupos de palabras. A primera vista, diremos que mesa redonda se compone de dos palabras porque podemos separar mesa de redonda y el resultado mesa, unirlo a otros adjetivos: mesa cuadrada, mesa azul, etc. Esto nos plantea el problema de que al decir que en el Centro Cultural del barrio se celebra una mesa redonda, las dos palabras expresan un único concepto similar al que expresa la palabra debate. El significado de mesa redonda no es igual a la suma de los significados de sus componentes: se ha creado un nuevo elemento léxico en el que se ligan indisolublemente ambas palabras que tiene un nuevo significado. Esto es lo mismo que decir que se ha creado una nueva palabra. Si las consideramos como dos palabras es porque las escribimos separadas y porque mantienen una independencia acentual característica, pero en el diccionario deberá aparecer este conjunto con su nuevo significado.

Casos semejantes hay muchos: Veintiuno es una sola palabra. Pero treinta y uno o doscientos cincuenta y seis, ¿son una o más palabras? ¿Qué pasa con anteayer y su sinónimo antes de ayer? ¿y con porque en porque me da la gana, y para que, en para que te enteres? Podríamos aportar muchos ejemplos más.

La lingüística no ha encontrado aún una definición válida y general para el concepto de palabra, pero no es de extrañar que esto sea así: es un concepto intuitivo, de uso, no válido para el análisis tal y como hoy se plantea; ello nos deja ante el curiosísimo hecho de que esta ciencia, la lingüística, no puede definir una de sus unidades básicas.

¿Qué hacer, pues? Cuando a principios del siglo XX la lingüística se reorganiza y busca nuevos caminos, encuentra que con los nuevos conceptos que ha de manejar no hay lugar para la palabra tal y como intuitivamente la entendemos: debe encontrar una unidad que englobe tanto a mesa redonda como a azul, siempre, que, Miguel, ay, llanura, libro y librería, Y que además, es posible que también deba incluir en ese grupo a elementos tales como hetero- , —cardia, tele-, pro-,—mitir (heterosexual, taquicardia, teleférico, prometer, dimitir), etc, y busca soluciones. Vamos a ver a continuación alguna de las respuestas que ha dado.

La paradoja de la que estamos tratando tiene su origen en el hecho de que el concepto habitual de palabra en­cubre varias realidades distintas entre sí. Tomemos en consi­deración varias listas de pa­la­bras:

 

a. canto (rodado)

b. canto (acción de cantar)

c. canto (de un duro)

 

a. tener, tengo, tienes, tuve, tenía, he tenido.

b. limpio, limpia, limpios, limpias.

c. rosa, rosam, rosae, rosas, rosarum, rosis.

 

a. beber, bebida, beburcio, bebedor.

b. digno, dignidad, dignamente, dignarse.

 

En (1) tenemos tres palabras con significados distintos y orígenes también distintos, que tienen en común la forma fónica (y gráfica): son palabras distintas pero homónimas; Di­remos de cada una de ellas que es una palabra gramatical, porque en el lexicón del español (el componente léxico, recordemos) tendría cada una una entrada. El caso en (2) es distinto: cada conjunto de palabras tiene una sola entrada en el diccionario, y nos parece lógico: (2a) es una lista de formas conjugadas del verbo tener; (2b) es el adjetivo limpio flexionado en género y número, (2c.) es la lista de las formas que puede adoptar la palabra latina rosa al ser declinada. Está cla­ro que en (2a) tenemos varias formas de la misma palabra, y que en cada una de las listas es la primera de estas formas la que usamos como forma de ci­ta, es decir, la forma que elegimos como representante de la lista comple­ta. Nos parece lógico que todas ellas formen parte de una misma entrada lé­xica porque, conociendo el español como lo co­nocemos, sabemos que es auto­mático obtener todas estas formas a partir de la forma de cita. En (3) ya no sucede lo mismo: aunque hay una evidente relación en­tre las cuatro pala­bras que forman cada grupo, todas ellas son palabras distin­tas que emplea­mos en entornos diferentes: unas son verbos; otras, adjeti­vos; otras, sus­tantivos y otras, adverbios. Son palabras indepen­dientes pero -como decía­mos en el cole- "de la misma familia".

 

Como vemos, hay que tener mucho cuidado con las palabras. Entre ellas adoptan re­laciones muy diversas y la manera en que se forman viene determi­nada por la función que vayan a desempeñar. En (1) no hay más relación que la fónica entre ellas; en (2), se da un proceso regular de flexión, que veremos enseguida; en (3) se da otro proceso, el de deriva­ción. Otro proce­so posi­ble es el que aparece en mesa redonda, similar (no idéntico) al que tenemos en rompehielos, el de la composición. De todos ellos hablaremos en el presente tema.

Las unidades morfológicas inferiores a la palabra.

 

Si no es posible dar una definición del concepto intuitivo de palabra por no ser fun­cional en la descripción lingüística, habremos de buscar en la palabra las unidades que ne­cesitamos. Por medio de los ejemplos anterio­res hemos podido sospechar la existencia de unas unidades de rango inferior cuya combinación crea una estructura morfológica que es a lo que llama­mos palabra.

 

Esas unidades existen, y lo comprobamos contrastando varias formas de palabra o varias palabras "de la misma familia". Tomemos los ejemplos de (2b): dejando sólo lo que tienen en común, nos queda limpi-. Esta parte de todas estas palabras es lo que tradicional­mente llamábamos raíz. Es un ele­mento indivisible en unidades menores con significado: nada más corto que limp- tiene significado relacionado o no con la idea de limpiar, limpio, etc., y se limita a ser un conjunto de fonemas que carecen de valor semán­tico. Lo que queda de esas palabras, -o, -a, -os, -as es tam­bién divisible en dos grupos de unidades, -o y -a, que indican género mas­culino y femeni­no, respectivamente, y -s, que indica pluralidad gramati­cal. Su valor sig­nificativo, como vemos, es distinto al de limp-. Este hace re­fe­rencia a algo de la realidad (el concepto de limpieza), mientras que -o, -a y -s tie­nen un signi­ficado pura­mente gramatical: los conceptos a que ha­cen refe­ren­cia no tienen existencia en la realidad extralin­güística. Hay, pues, uni­da­des inferiores a la pala­bra y son, al menos de dos tipos:

 

A las unidades mínimas con significado (es decir, que son menores que la palabra y que son indivi­sibles en elemen­tos dotados de significado) las llamamos monemas (en la es­cuela norteamericana, morfemas), y las hay de dos tipos: los lexemas o morfemas léxicos, que tie­nen sig­nifi­cado léxico -que hacen refe­rencia a conceptos de la rea­lidad- y los morfe­mas a secas o morfe­mas gramaticales, que tienen un signi­ficado exclusivamente grama­tical.

La palabra desde el punto de vista monemático:

Los lexemas forman palabras solos, o más habitualmente, acompañados por mor­fe­mas. En el caso de árbol tenemos el lexema aparentemente solo[1]; en árboles, arboleda, ar­boladura, enarbolar, etc., lo acompañan morfemas. Son palabras portadoras de lexemas los sustantivos, los adjetivos, los ver­bos y la mayoría de lo que llamamos adverbios.

Los morfemas pueden aparecer también aisladamente (ca­so de las prepo­si­cio­nes, las conjunciones, el artículo y el verbo auxiliar) o, como hemos vis­to, formando parte de pala­bras. Se habla en consecuencia, de morfemas li­bres (los que forman palabras por sí mismos: ven, ayer, con, la, aunque) y de morfemas ligados (los que han de apa­recer nece­saria­mente for­man­do par­te de una palabra: re-, -ado, -eda, -ista, etc.) 

 

Así pues, la palabra es una unidad lingüística formada por uno o más monemas que siguen un orden fijo (no podemos variar el orden de monemas en desembarcar para decir, p. ej. *barc-em-des-ar) y forman un bloque inseparable. Si una palabra posee uno o más lexemas (anticonstitucional, p. ej.), su significado es léxico; es decir, que aparece en el diccionario. Si por el contrario, carece de lexemas, su significado es gramatical (o relacional), y en el diccionario aparecerá una explicación de su valor y de sus usos sin poderle otorgar un valor referencial (no hace referencia a ningún objeto, acción o cualidad). Los antiguos gramáticos chinos llamaban a las primeras palabras llenas y a las segundas, palabras vacías.

Los tipos de monemas.

 

Dentro de los morfemas ligados (a los que también se llama dependien­tes y trabados) hemos de hacer una distinción según su función: los que sir­ven para crear distintas formas de una misma palabra (limpio, limpios) se los llama morfemas flexivos y a los que sirven para crear nuevas pala­bras a partir de otras existentes se les llama morfemas derivativos o afijos, y según su colocación con respecto al lexema se llaman prefijos,  si van colocados delante: antigás, prefijo; infijos o interfijos si se colocan entre el lexema y el prefijo o el sufijo: en­sanchar, polvareda; y sufijos si se colocan tras el lexema: caminito, lapicero.

 

Una cuestión que puede plantear problemas es la de deslindar exacta­mente lo que quiere decir significado léxico de lo que significa significa­do gramatical: los morfemas -o, -s, -aba, etc., son unidades con significa­do gramati­cal (es decir, dan forma a conceptos pura­mente gramaticales), pero -able, -ifi­car, pseu­do-, etc., parecen tener un significado léxico y no gram­atical (po­sibilidad, causación, falsedad). Para explicar que pese a ello son morfemas gramaticales tenemos que introdu­cir el concepto de gramaticalización[2]: si bien sus signifi­cados tienen origen en realidades no gra­maticales, estos morfemas no pueden ser palabras por sí mismos. Son for­mas habilitadas para cubrir una necesidad gramatical: se habilita una forma li­gada para que per­mita la expresión de signi­fica­dos que no son propios de la gra­má­tica. Unas len­guas gramaticali­zan unos conceptos, otras, otros: el de redon­dez no es un con­cepto que cuente en español con un morfema que lo cu­bra,esto es puro Bosque pero sí lo tiene el navajo; tam­poco la intenciona­lidad (cosa que sí hace el es­quimal), ni la estación o época (sí el vas­co: es  -aldia), ni la idea de que algo que referimos no es una opinión propia, sino que refleja­mos lo que otro ha di­cho, esté de acuerdo o no con nuestra opinión (el búl­garo lo ha­ce)... Cu­riosa­mente, la ten­den­cia a ser algo pero sin llegar nun­ca a serlo del todo sí está gramaticalizada en caste­llano: es uno de los valores del sufijo ­-oide: intelectualoide. También gramaticalizamos en es­pañol el tamaño (por medio de los sufijos aumentativos y diminutivos), el desprecio por algo (con los despectivos), el concepto de árbol frutal (-ero en melocotonero, limonero, etc., -al en peral) y muchos otras conceptos no gra­maticales, pero gra­mati­calizados. El va­lor de estos morfemas es, en de­fini­tiva, puramente gra­mati­cal, no léxico. Otros ejem­plos de grama­ticaliza­ción son tele- con el valor de "te­levisión" en telea­dicto, euro- en eurodi­putado, bus en bonobús, etc. Son morfemas con significado originariamente gramatical los que indican gé­nero, número, caso, persona, voz, tiempo, mo­do, aspec­to, grado, y pocos más; es decir, los que pertenecen a la catego­ría de morfemas flexivos. Los morfemas procedentes de gramati­caliza­ción son muchísimos más y son usados para crear nuevas palabras por medio del proce­so de derivación, que estudiaremos más adelante. Son los llamados morfemas derivativos.

 

 

Otra cosa que hemos de tener muy presente es que el morfema es una unidad mínima formalmente, no semánticamente: un morfema es una unidad no divisible en segmentos me­nores formalmente aunque su significado (el con­cepto al que da forma) sea descomponible en unidades semánticamente más básicas: podemos descomponer el significado de fusil buscar otro ejemploen varios conceptos cuyo significado sea más general que el de esta palabra: 1. arma - 2. de fuego - 3. portátil - 4. usada por la infantería, pero no podemos segmen­tar dicha palabra (dicho lexema) en unidades morfológicas me­nores: ni fu- ni sil ni cualquier otro segmento en que podamos dividir esta palabra signifi­can nada. La unidad más pequeña con significado (el mone­ma) es fusil y no ninguna de sus partes aisladamente.

 

Con algunos morfemas se nos complica el cuadro: ¿qué significado lé­xico o gramati­cal tiene re- en común en rehacer, rebajar y resentir? Desde luego, no parecen significar lo mismo los tres re-. A causa de ejemplos como este, muchos autores opinan que lo importante a la hora de identificar un monema no es que se le pueda otorgar un significado concreto, sino que se lo pueda aislar en una segmentación morfológica y que cumpla una función de distinción léxica (referir y conferir se diferencian precisamente por la presencia de un mor­fema distinto en cada uno). En todos estos casos estare­mos de acuerdo en que ha aparecido el morfo re-, le demos el valor que le demos. Es aislable por segmentación y eso podría ser su­ficiente para postu­lar su existencia. Deci­mos que podría ser porque el recurso al signi­ficado debe tener siempre la última palabra: na­die segmentaría saloncito co­mo sal-on-c-it-o simple­mente porque la palabra sal existe en castellano y el resto de los morfemas son reconocibles en otras unidades: reconocemos por su sig­nificado una relación entre sala y salón que no se da entre sal y el últi­mo. En el aná­li­sis morfoló­gico nos convie­ne tener muy en cuenta fac­tores morfológi­cos, semán­ticos y de histo­ria de la lengua.

Morfemas[3], alomorfos y morfos.

Retomemos el ejemplo 2a: tener, tengo, tienes, tuve, tenía, he te­ni­do. Estaremos de acuerdo que en todos estos casos tenemos diversas formas de la palabra tener, y que son parte de la conjugación de este verbo. Ahora bien, a diferencia de lo que habíamos visto hasta el momento, estas pala­bras no comparten una misma forma lexemática: unas cuentan con el lexema ten- (tener, tengo, tenía, he tenido) pero hay otras con tien- y tuv-. Son formas distin­tas, pero todos los hispanohablantes estaremos de acuerdo en decir que no son más que va­riantes de la misma forma ten-. Podemos postular que esta forma ten-, es el monema abs­tracto del que las formas ten-, tien-y tuv- no son más que realizaciones concretas en determi­nados entornos fó­nicos. Podemos comparar esta diferenciación con lo que suce­de con los fo­ne­mas, entidades fó­ni­cas abstractas que cuentan con variantes virtuales con­dicionadas a las que llamamos alófonos que se realizan por me­dio de so­nidos concretos. Siguiendo este para­lelismo, diremos que el morfe­ma ten- cuenta con unos alomorfos o variantes virtuales con­dicionadas por reglas morfoló­gicas y fonológicas que se realizan por medio de morfos:

 

fonología:    fonema  -->  alófono  -->  sonido

morfología:    morfema -->  alomorfo -->  morfo

 

En el caso de ten- tenemos un lexema (o morfema léxico) con tres alo­morfos posibles que se realizan en el habla por medio de los tres morfos ten-, tien-, tuv-. También sucede esto con los morfemas gramaticales: el morfema de plural puede aparecer bajo la forma de varios alomorfos:

 

casa / casas        sillón / sillones       lunes / lunesø.

 

En los ejemplos anteriores hemos visto los tres morfos por los que podemos realizar el mor­fema de plural (de los sustantivos) en español: -s, -es -ø , (donde ø es la ausencia de morfo).

 

Vistas así las cosas, no parece muy clara la diferencia entre alomor­fo y morfo: la ve­remos más clara si pensamos que los morfemas abstractos de persona y número aparecen inextricablemente juntos en un único morfo -amos-en la forma verbal amamos. Hay un sólo morfo que es compartido por dos mor­femas. Si extendemos el paralelismo fonema-monema y alófono-alomorfo a los morfos, podremos decir que un morfo es la concreción en un con­junto de fo­nemas de uno o más monemas, igual que un sonido es la concreción de un fo­nema en el habla.

Morfemas amalgama, morfema cero y morfemas discontinuos.

Acabamos de ver que hay veces en que en un mismo morfo aparecen mez­clados inse­pa­rablemente dos o más morfemas: en amé no podemos se­parar en la -é un morfo para la noción de "tiempo pasado", otro para la de "aspecto perfecti­vo", otro para la de "primera per­sona" y otro para la de "singu­lar" y varios conceptos gramaticales más, como sí podemos ha­cerlo (en par­te) en am-a-ba-s. Un único morfo "co­bija" dentro de sí a varios morfemas. A estos morfos que dan forma a varios morfemas se los llama (morfos) amalgama o morfos "porteman­teau" (con la pa­la­bra francesa que significa 'perchero').

 

También hemos visto que un morfema puede realizarse por medio de la ausencia de morfo . A estos morfos se los suele llamar morfemas cero o mor­fe­mas ø. Esto es habitual en español, donde el plural cuenta gene­ralmen­te con morfos "ll­e­nos" (=no ce­ro), mientras que el singular se repre­senta sis­temá­ticamen­te por medio de morfemas cero: libroø / libros. Pode­mos, pues, decir que un morfema cero es la ausencia significativa de un morfema. Que no haya un morfo implica la existencia de la oposición con un morfema que puede apare­cer en esa posición.

 

Otra curiosidad con la que nos podemos encontrar es el hecho de que hay morfemas representados por dos morfos separados. Si tomamos las formas de cualquier verbo español, nos daremos cuenta de que existen tiempos que quedan señalados por un morfema final (amaste, amabas, amas, amarías...) y otros que cuentan con un morfema delante del lexe­ma y otro tras él: has amado, habías amado, etc. Algo parecido sucede con ciertos morfemas deriva­tivos: adormecer, abastecer, enjaular, empapelar, etc. que forman derivados de dor­mir, bastar, jaula y papel. En todos estos ejemplos no hay dos morfe­mas que "colaboren" para crear la palabra de que se trate, sino uno solo, dividido en dos partes. A este tipo de morfemas se los conoce como morfemas discontinuos.

Los sistemas de formación de palabras.

Imaginemos el siguiente diálogo:

 

Bueno, Paco, ¿en qué trabajas ahora?

Pues estoy pambando drumos para una empresa de Burgos...

Eso tiene que ser duro, ¿no?

Depende de si los drumos son fácilmente pambables o no. Un drumo normal lleva unos cinco minutos, pero el pambado de algunos puede llevar veinticinco o treinta.

 

Está claro que un hablante normal de español no habrá entendido de qué va la conver­sación. Desconoce qué pueda ser un drumo y a qué se lo so­mete cuando es pambado, pero si se le explica lo que quieren decir las pa­labras pambando y drumos, no tendrá ningún proble­ma en entender todo el diálogo. Esta capacidad de reconocer nuevas palabras se debe a que hay una clara regularidad en los procesos que sirven para formar palabras nuevas en una len­gua. Por ello no hará falta que se le vayan explicando los signifi­cados de pam­bables, pam­bado o drumo, ya que a partir de pambando y drumos se pueden ob­tener las diferentes formas empleadas en el diálogo con el uso de los sistemas de formación de palabras que fun­cio­nan en español. Estos sistemas son la flexión, la derivación y la compo­sición:

La flexión.

La flexión es el sistema por el cual creamos nuevas formas de una palabra por medio de la unión de morfemas flexivos a una base, que puede ser bien un lexema, bien un núcleo lexemático formado por más de un monema: a partir del lexema blanc- creamos por flexión las formas de palabra blan­co, blanca, blancos, blancas, blanquísimo, blanquísima, etc. Si en vez de tomar como núcleo lexemático a un lexema simple, partimos de la base blan­quead-, en la que tenemos el lexema blanc- más los morfemas -ea (cf. blan­quear) y el morfema de participio, ob­tenemos blan­queado, blanquea­da, etc., siguiendo exactamente los mismos pro­cesos. La flexión otorga una cla­se de morfemas flexivos a cada categoría léxica, y así, como veremos pron­to, a los adjetivos se les otor­gan morfemas de géne­ro, número y grado (-o, -s, -ísim-, etc.), a los sus­tantivos sólo morfemas de número, a los ad­verbios el de grado (lejísi­mos), etcétera, muchos de los cuales son obligatorios para que una palabra pueda ser usada (no es palabra blanc- hasta que no se le añade un morfema de género y otro de número).

 

Al hablar de la gramaticalización ya incidimos en el hecho de que una lengua puede gramaticalizar unos conceptos y otra, otros, pero quizá lo más sorprendente de todo ello sea el hecho de que la propia gramaticalización dé lugar a la necesidad de concordancia gramati­cal con alguna característi­ca de los referentes ex­ternos con los que se relacionan dichos mor­femas. Mues­tra de ello es en es­pañol el hecho de que tengamos que usar el morfema de géne­ro femenino al hablar de una niña y el de masculino al referirnos a su hermano, o que al contar algo que sucedió ayer tengamos que hacerlo uti­lizando las formas de pa­sado del verbo. Hay idiomas en los que el género no es algo que caracterice a los sustantivos, y en los que la misma noción de género se considera li­mitada a palabras que designan por sí misma seres de sexo masculino o feme­nino sin que en ellas haya morfemas genéricos, como sucede en espa­ñol con padre/madre frente a hermano/hermana. En inglés, por ejem­plo, un sustantivo no tiene género, y algo será masculino o femenino depen­diendo de si su re­ferente pertenece al sexo masculino o femenino. Para un inglés es absurdo que la mano sea femenina y el pie masculino, por ejem­plo. Nunca nos referiremos a ellos usando he o she, sino it.[4]

 

Otras lenguas van más allá al usar los llamados clasificadores, que son una serie de morfemas flexivos que deben aparecer necesariamente for­mando parte de la palabra hacien­do que "concuerde" con el objeto al que designan en una serie de características como el he­cho de ser alargado, re­dondo o líquido, por ejemplo. Imaginemos que existiera en español un morfe­ma flexivo que indicara redondez, digamos -ondo; tendríamos que decir cosas como dos manzanondos, un pelotondo o bombillondo, por ejemplo. No debe ex­trañarnos esto: re­cordemos la oposición hermana/hermano. Igual que en espa­ñol no puede haber un sustantivo sin morfema de número (aunque sea un mor­fema cero), o un verbo en forma personal sin morfemas de tiempo, aspecto, persona, etc., en estas lenguas no se puede de­cir manzana sin que la pala­bra tenga un morfema de redondez. Y además, debe concordar con los determinantes y adjetivos que lo acompañen: unanda manzanonda pequeñonda.

 

Los morfemas flexi­vos for­man para­digmas cerrados. Esto qui­ere decir que la lis­ta de to­dos los morfe­mas fle­xivos de una lengua está (sin­crónica­men­te) ce­rrada a la admi­sión de nue­vos miembros, a diferencia de lo que su­cede con la lista de mor­femas deri­vati­vos: pense­mos por ejemplo en el sufi­jo -ata, tan productivo en nue­stros días: bocata, tocata, drogata, etc. Por el con­trario, es difí­cilmente ima­ginable la apa­ri­ción de un nuevo mor­fema de plu­ral de los sus­tantivos o de aspecto en los verbos, por ejemplo. Esto es una ventaja, porque si pu­diéramos ampliar sin límites el número de mor­femas flexivos, dado que todos ellos serían obligatorios para una u otra categoría, nuestras palabras serían complicadísimas e intermi­nables.

La derivación.

La derivación es la formación de palabras gramaticales nuevas (no de formas de una misma palabra, como en la flexión) por medio de la adjunción de morfemas derivativos (prefijos, infijos o sufijos) a una base: comedero, basurero; formación, exclu­sión, trabazón, intelectualoide, releer, revolo­tear, bailotear, etcétera.

 

Los morfemas derivativos permiten utilizar la idea expresada por una base léxica en categorías distintas a la originaria: tenemos el adjetivo blanco, pero si queremos hacer refe­rencia a la cualidad abstracta de lo blanco, hemos de crear un sustantivo derivado del adjeti­vo: es blancura. Si queremos nombrar la acción de poner blanco algo, debemos crear el verbo de­rivado blanquear, etc. Saltamos así de categoría léxica con el lexema bajo el brazo y lo trasladamos de una noción adjetival a otra nominal o verbal, lo que representa una enorme economía de lexemas (o mejor, de bases léxi­cas). De todas formas, no siempre que echamos mano de la derivación cambia­mos la categoría léxica de la palabra originaria: si en vez de usar sufijos derivamos por medio de prefijos o infijos, no alteraremos la categoría: pintar > repintar; bailar > bailotear, etcétera, como tampoco lo haremos al em­plear los sufijos au­mentativos, diminutivos y despectivos.

 

Es posible pasar de cualquiera de las categorías léxicas mayores a las otras: crear sustantivos deadjetivales (es decir, procedentes de adjetivos, como blancura), deverba­les (blanqueo) o deadverbiales (lejanía); adjetivos denominales (televisi­vo), deverbales (deformable) o deadverbiales (lejano); verbos denominales (chantajear, alunizar), deadjetivales (falsificar) o deadverbia­les (alejar) adverbios deadjetivales (todos los que acaban en -mente y algunos más) y, más difícilmente (?), denominales y deverbales.

Diferencias entre flexión y derivación.

 

Según Ignacio Bosque (1981:133-134), estas serían las principales diferencias entre la forma de actuar la flexión y la derivación:

 

Regularidad: El significado de una palabra con morfemas flexivos es fácilmente predecible a partir de los significados del lexema y los morfemas; esto no sucede en las palabras que cuentan con morfemas derivativos: si viejas es viej + femenino + plu­ral, podemos predecir que buenas es buen + femenino + plural, pero no pode­mos predecir a partir de basto­nazo, donde tenemos bastón + golpe dado con que perra­zo quiera decir 'golpe dado con un perro', por ejemplo; si un basure­ro es el lugar adonde se echan las basuras, un sombrero no es el lu­gar adonde se echan las sombras ni a un camionero le podemos echar encima camiones sin grave riesgo de su vida.

Es habitual en lenguas como la nuestra que un mismo morfo sirva para repre­sentar a diversos morfemas: en la flexión tenemos que -o sirve en la flexión nominal (la de sustantivos, adjetivos y -algunos-pronombres) para indicar género masculino, mientras que en la flexión verbal indica primera persona del singular del presente de indicativo activo: carro viejo frente a amo. En la derivación sucede lo mismo: ya he­mos visto que el sufijo -ero admite multitud de significados diferentes según la base a la que se adjunte; lo mismo sucede con su doblete -ario (bibliotecario, bancario) o con -ista: maquinista, so­cialista, revanchista.

 

Universalidad dentro de una clase. Todos los sustantivos admiten los morfemas de plural (aunque sean morfemas cero), pero no todos los verbos admiten los mismos morfemas: dormir, sanar, parir y laborar admiten el morfema -orio con el valor de 'lugar donde se realiza la acción indicada por el verbo': dormitorio, sanatorio, parito­rio, la­boratorio, pero no lo admiten enseñar, correr, fumar, etc.

 

Los morfemas derivativos no son necesarios para expresar un deter­minado conte­nido porque siempre admiten paráfrasis: su significado puede ser ex­presado por me­dios léxicos: casita y casa pequeña; inne­cesario y no necesario, etc. Los flexivos no admiten esta paráfrasis (salvo, claro está, en el metalenguaje: casas es igual a casa + plu­ral)

 

Como ya hemos mencionado, los morfemas derivativos pueden cambiar la catego­ría léxica de la base, mientras que los flexivos la mantie­nen siempre.

 

(6 de Bosque) Los morfemas flexivos aparecen frecuentemente exigi­dos por la es­tructura sintáctica. El verbo, el adjetivo, el artículo, etc., contienen un morfema de número para cumplir la necesidad grama­tical de concordar con un sustantivo; los morfemas derivativos apare­cen sólo debido a necesidades léxicas o expresivas.

 

La composición.

 

La composición se diferencia de los anteriores sistemas en el hecho de que no parte de la unión de morfemas a una base, sino de la unión en una misma unidad léxica de más de una base, o -según la idea más tradi­cional-de la unión de dos o más pa­labras. El grado de integración formal y semán­tica de los componen­tes puede ir desde una fusión máxima (me­diodía, sordo­mudo, matasellos, pa­raguas) has­ta la relativa independencia semántico-for­mal de los miembros (piso-piloto, salón-comedor, ciudad-dormi­torio, etcéte­ra). Para determinar este grado de fusión hay que tener en cuenta:

 

Si los dos componentes mantienen su acento o si comparten uno para ambos: me­diodía cuenta con un acento, coche-cama con dos.

Si el plural afecta sólo al segundo miembro (fusión total) o bien al primero: me­diodías, pero coches-cama.

 

No es cierto que en la composición sólo puedan unirse bases cuyo nú­cleo sea de ca­rác­ter le­xemático, dado que también son palabras compuestas aunque, porque, etcé­te­ra, en las que se han unido morfemas independientes. Esto lleva a con­si­de­rar que la composición parte siempre de la unión de varios monemas cada uno de los cuales puede funcionar autó­nomamente en la lengua, y eso sería lo que nos permitiría dife­ren­ciar a la composición más nítidamente de la deri­vación con morfemas gra­maticalizados. Se­gún este cri­terio, eurócrata es palabra deri­vada y no com­puesta, ya que no existen ni *euro ni *crata como palabras au­tónomas en castellano (pero v. más abajo).

Otras maneras de crear palabras.

Aparte de estos sistemas más o menos regulares de formación de pala­bras, existen otros menos habituales, pero que son especialmente interesan­tes para el logopeda. Enumere­mos algunos:

 

Acuñación léxica: Es la creación de palabras totalmente nuevas sin que haya (aparentemente al menos) motivación en su origen: gas, kódak.

Préstamo o adopción lingüística: Muy habitual en toda la historia de una lengua, el préstamo consiste en la adopción y adaptación de una palabra extranjera al caudal de un idioma. Casos actuales son, por ejemplo, softwa­re, párking, etcétera, aún con la grafía del original (préstamo crudo o xenismo), o fútbol, ambigú, etcétera, ya adaptados (¡más o menos!) al espa­ñol.

Un tipo especial de préstamo es el calco, consistente en la traduc­ción de los términos con que se designa a un concepto a la lengua "presta­taria": casos de calco son rascacielos (del ing. skyscraper), ratón -en informática-, que es a la vez calco y me­táfora, lanzade­ra es­pa­cial -ing. space shuttle-, re(tro)alimentación -ing. feedback, etcétera.

Entrecruzamiento[5]: Consiste en tomar sólo parte de cada una de las palabras que entran en el compuesto. En español es relativamente poco habi­tual (autobús, de automobile omnibus -lat. técnico 'automóvil colectivo'- y de ahí bibliobús 'autobús-biblioteca', y multitud de denominaciones comer­ciales: Banesto, de Banco Español de Crédi­to, Bancaya, de Ban­co de Viz­ca­ya), pero tenemos ejem­plos en otras lenguas, como en el in­glés smog, de smoke + fog, motel, de motor + hotel o en el ruso kom­so­mol, de KOMmunis­tí­cheskiï SO­yuz MOL­odëzhi 'Unión de la Juventud Comu­nis­ta'. Si consideramos que eurócrata está compuesto no por los morfemas euro- más -crata, sino por el prefijo euro- más una forma abreviada de burócrata, tendremos la expli­cación a por qué esta palabra no es compuesta sino derivada.[6]

Acronimia: Es la creación de palabras por medio de la unión de las iniciales de va­rias otras palabras: ONU, RENFE, ovni, láser, INRI, etcéte­ra. Se produce el curioso fenóme­no de que sobre los acrónimos puede darse derivación: peceros 'militantes del PCE', ucedista, lasérico, etc.

Sustracción morfológica: Es la creación de palabras a partir de la apócope de otras: metro(politano), cole(gio), bici(cleta).

Habilitación o derivación impropia[7]: Uso de una palabra perteneciente a una cate­goría léxica como si perteneciera a otra: decir en es un decir, donde decir ha pasado de ser verbo a sustantivo; los rojos, donde tenemos un sus­tantivo procedente de un adjetivo, etc. En ocasiones se puede plan­tear el problema de si el paso de una categoría a otra se debe a razo­nes morfológi­cas (habilitación) o a medios sintácticos, (sustantiva­ción). Sobre esta cuestión, v. Bosque (1990:183-191). 

 

 



[1] Decimos aparentemente porque podemos postular la existencia de un morfema cero que indicaría número singular. V. más adelante lo referente al morfema cero.

[2] El desarrollo de estos conceptos lo hemos tomado de Bosque (1981:118-120)

[3] Utilizamos aquí la palabra morfema como sinónimo de monema.

[4] Hay excepciones, como la que hace que nos refiramos a un barco con she.

[5] Con este término, que intenta ser coherente con el de "palabras entrecruzadas" que usa F. Lázaro Carreter en su Diccionario de Términos Filológicos (p. 162), traducimos el inglés blending.

[6] En este caso no tendríamos propiamente ni derivación ni entrecruzamiento, ya que euro está funcionando claramente como prefijo en esta y otras palabras y no es forma apocopada (para hablar de entrecruzamiento, es preciso que ambos compo­nentes estén acortados) Podríamos hablar de derivación entrecruzada. Asimismo, en los casos de bonobús y Bollicao, nombre comercial de un bollito relleno de chocolate, podríamos hablar de composición entrecruzada.

[7] v. el concepto de metábasis en 2.2.